La nevada comenzaba a
arreciar, y el avance de los hombres se hacía cada vez más penoso. El viento
les golpeaba el rostro cubierto, la nieve se derretía en el interior de sus
abrigos y el trineo que arrastraban se atascaba cada pocos metros. Uno de ellos
se detuvo, se sacudió la nieve de los guantes y se dirigió al trineo.
―Avancemos un poco más, amigo Iancu ―dijo el otro.
―Estamos ya muy lejos, amigo Grigori. Muy lejos ya.
Y estos árboles son buenos.
Con una mano señaló los troncos, columnas
negras que emergían de la nieve frente a ellos.
―Son buenos, amigo Iancu, pero no
tan buenos como los de más allá, los de ese claro.
Grigori dirigía su mirada a lo
lejos, a un pequeño claro rodeado de árboles robustos.
―Estamos ya lejos, amigo Grigori, y
la nieve arrecia. Pronto perderemos nuestras huellas y será más difícil volver.
―No seas miedoso, amigo Iancu, por
el amor de Dios. Que conocemos este bosque desde que somos pequeños, tú y yo.
¿Cuántas veces hemos recorrido este bosque ya? ¿Cuántas veces hemos venido con
tu trineo a por leña, tú y yo juntos?
―Muchas, amigo Grigori, muchas
veces.
―Pues está dicho, vamos al claro a
buscar los troncos buenos antes de que la tormenta caiga sobre nosotros.
Iancu soltó un bufido, pateó el
suelo para librarse de la nieve del abrigo y volvió a tomar el cabo. Avanzaron
con el viento golpeándoles oblicuamente, hacia delante y hacia el este, hacia
el bosque profundo. Las botas entraban en la capa de nieve y salían al mismo
compás, los hombros tiraban del trineo, que se deslizaba unos metros antes de
volverse a quedar atorado por la nieve.
―Ya no traes a aquel perro tan
bueno, amigo Iancu, sabes cuál te digo. Ese que te acompañaba a veces.
Iancu no respondió inmediatamente.
Pasó unos segundos expulsando nubes de vaho.
―Murió, amigo Grigori.
―Pero era un perro joven y fuerte.
―Murió de pena.
Grigori no respondió. El avance se
detuvo unos instantes, Iancu con la vista perdida entre los árboles y Grigori
observando el gesto de Iancu.
―Vamos, amigo Iancu, la tormenta se
acerca.
―Sí...
En un último esfuerzo, los hombres
alcanzaron el claro. Aprovecharon para sentarse en el trineo, uno al lado del
otro.
―Fue una pena enorme para todos ―dijo
Grigori.
Iancu asintió. Tenía los antebrazos
sobre las rodillas y la cabeza caída. Grigori negó con la cabeza.
―Y tu mujer, Viorica, ¿cómo está,
amigo Iancu?
―Ya sabes, amigo Grigori, que ella
es la fuerte de los dos.
―Porque la veo pálida y flaca, amigo
Iancu, cuando vamos a la iglesia. Más pálida y más flaca que de costumbre.
Iancu comenzó a hundirse en sí
mismo. Tragó saliva.
―Perder a un hijo nunca es fácil. ―Grigori
pasó la mano por el hombro de Iancu―. Y sobre todo cuando es tan joven. Tan
joven. ¿Qué edad tenía la pequeña Sanda?
―Siete ―dijo Iancu con la voz rota.
Una lágrima se derramó de sus ojos,
derritiendo parte del hielo acumulado en la barba.
―Tan joven y tan bonita. Era más
bonita que su madre, tu pequeña Sanda.
Iancu hizo el ademán de levantarse,
pero Grigori le retuvo a pesar de los escalofríos y los intentos por
escabullirse.
―Está bien, está bien, amigo Iancu.
Estoy aquí, ¿vale? Escúchame, amigo Iancu, te entiendo. Te entiendo, yo también
hubiera intentado mentir, hubiera intentado que la enterraran en suelo
consagrado. ―Iancu apartó el rostro―. Pero no sabes mentir, amigo Iancu, eres
un tonto. En seguida nos dimos cuenta de que había sido ella la que se había...
ya sabes.
Iancu se mordió los nudillos.
Grigori le abrazó un poco más fuerte.
―Tranquilo, Iancu. Tranquilo.
Mírame.
Iancu levantó la cabeza. Tenía el
rostro congestionado. Grigori le sostenía por los hombros, mirándole
directamente a los ojos.
―Iancu, es aquí donde la trajiste,
¿verdad?
No dijo nada. Grigori asintió.
―Vi las huellas del trineo, Iancu.
¿Crees que no conozco las huellas de tu trineo? Las reconocería en una
ventisca, las reconocería con mis manos si tuviera los ojos tapados. Viniste a
este claro, que es hermoso y los árboles son fuertes, para que descansara en
paz.
Iancu apretó las mandíbulas y apartó
el rostro. Consiguió escaparse del abrazo de su amigo y caminar unos pasos
lejos del trineo.
―Amigo, tu mujer, Viorica, está
pálida y delgada y tu perro murió. Incluso tú has perdido peso y el color que
tenías.
Seguía de espaldas. Grigori se
levantó e intentó rozarle el hombro, pero Iancu se zafó con un gesto brusco.
―Iancu, ¿lo hiciste?
Sacudió la cabeza por toda
respuesta.
―¿Hiciste lo que debía hacerse?
Se aproximó al árbol más cercano.
Lanzó el puño contra el tronco varias veces, antes de estampar su cabeza contra
la corteza. Intentó silenciar un gañido lastimero.
―Iancu, sabes que tenías que
hacerlo. Tenías que cortarle la cabeza y llenarla de ajos...
―¡Basta!
―¡Tenías que cortarle la cabeza y
llenarla de ajos! ¡Tenías que clavar una estaca de abedul en su pecho y colocar
su cuerpo boca abajo!
―¡Calla, Grigori! ¡Calla de una
maldita vez!
―¿Hiciste los ritos, Iancu? ¿Los
hiciste?
―¡No, joder! ¡No lo hice!
Iancu cayó postrado de rodillas.
Grigori trastabilló unos pasos hacia atrás y, tras buscar asidero con la mano,
acabó sentándose en el trineo. El viento aulló entre los árboles.
―He traído una pala, Iancu.
Negaba con la cabeza.
―No puedo, no puedo...
Grigori se levantó. Avanzó unos
pasos hacia su amigo y se acuclilló a su lado. Buscó los ojos perdidos de Iancu
con los suyos, hasta que se miraron. Lanzó su mano sobre el hombro de Iancu.
―Amigo mío. Nos criamos juntos,
¿verdad?
Asintió.
―Hemos sido amigos desde que éramos
apenas unos chiquillos, somos casi hermanos.
―Sí, amigo Grigori.
―Deja que haga esto por ti y por
Viorica. Por Sanda, para que tu pequeña descanse al fin en paz. ¿Dejarás que
haga esto por ti, amigo Iancu?
Iancu tomó el brazo de su amigo.
―Gracias ―fue todo lo que acertó a
decir.
―Entonces vamos a empezar a cavar.
La capa de nieve era espesa, y la
tierra debajo de ésta estaba helada y dura. Los hombres, con el sudor helándose
sobre la frente y los brazos cada vez más débiles, atacaban con resoplidos la
tarea, levantando ecos en el bosque. Al cabo de unos momentos, se hizo
imposible seguir cavando.
―Haría falta un martillo para romper
el hielo, amigo Iancu.
―Creo que tengo uno en el trineo.
Deja que vaya a buscarlo.
Grigori asintió, mientras estiraba
la espalda y tomaba aire. Iancu salió del agujero con varias zancadas
difíciles. La nieve se había acumulado encima del trineo, así que tuvo que
apartarla con los brazos para retirar la lona que protegía el contenido. Sacó
un martillo y una estaca de acero.
―Toma, amigo Grigori, inténtalo con
esto.
Desde el borde del agujero, Iancu le
tendió las herramientas a Grigori, que tras dudar unos segundos las tomó.
―Empieza a picar, voy a por la pala ―dijo
Iancu.
Grigori asintió, aún recuperando el
aliento, y tras unos instantes se arrodilló para intentar quebrar el hielo con
la estaca. Los golpes de metal contra metal hicieron volar a los cuervos del
bosque y aullar a un animal lejano. Iancu se aproximó al agujero, con la pala
en las manos.
―Parece que comienza a ceder, amigo
Iancu. Es una suerte que...
No pudo terminar la frase. El suelo
del agujero cedió, y se precipitó al interior en una oleada de nieve, hielo y
terrones de tierra. Iancu lo miraba desde el borde del agujero.
―Joder... ―dijo Grigori.
Se revolvió en el fondo del agujero,
al menos tres metros de profundidad, desde los que sólo podía ver la sombra de
Iancu, recortada por la ventisca, todavía sosteniendo la pala.
―Lánzame una cuerda, amigo Iancu.
¡Amigo Iancu! ¿Me escuchas?
Intentó incorporarse, pero la pierna
le falló.
―Joder... creo que me he roto la
pierna, amigo Iancu. Lánzame una cuerda. ¡Date prisa!
Cuando miró, la silueta de Iancu
había desaparecido. Grigori sonrió, y se recostó en el fondo del agujero. Pero
algo duro le molestaba en la espalda. Se volvió con dificultades, intentando
ver qué era aquello.
―Amigo Grigori, ¿estás bien?
En ese instante, Grigori comenzó a
recordar qué estaban buscando. Su rostro empalideció, pero no cejó en su empeño.
Apartó nieve y tierra con sus guantes, de repente frenético, hasta que algo
duro y blanquecino quedó al descubierto.
―No te oigo, amigo Grigori.
―Llegamos tarde...
―¿Qué dices?
Grigori se sentó en el fondo del
agujero, los ojos abiertos de par en par, la tez pálida. En sus manos, aquel
objeto blanco y duro.
―¡Hemos llegado demasiado tarde,
amigo Iancu!
En sus manos tenía una calavera.
Pero no era la calavera de una niña pequeña, como esperaba encontrar, sino la
quijada de una bestia de dientes afilados. Sus manos temblaban, y en su temblor
hacían bailar las órbitas de la calavera, que a pesar de ello no dejaban de
observarle.
Entonces fue cuando la primera
paletada de tierra cayó sobre su cabeza.
―Iancu, ¿qué ocurre, Iancu?
Libre del hechizo de la calavera,
Grigori alzó la mirada, para contemplar cómo su amigo lanzaba otra paletada de
tierra sobre él.
―Iancu, ¡Iancu! ¿Qué estás haciendo?
¡Iancu! ¡Soy yo, Grigori! ¡Sácame de este agujero, te lo imploro!
―Grigori ―dijo Iancu, con la pala en
las manos llena de tierra―. Tienes razón. Soy un estúpido, soy un tonto.
Lanzó el contenido de la pala en el
agujero. Grigori soltó la calavera e intentó arrastrarse hacia el borde.
―Detente, ¡detente Iancu! ¡Estás
enterrando a tu amigo, a tu hermano!
Iancu había dejado la pala a un
lado. Había sacado su pipa y la estaba encendiendo.
―¿Te he contado alguna vez cómo
encontramos a la pequeña Sanda, Grigori?
―No sé qué te ocurre, Iancu, qué te
embruja, pero sácame de este lugar maldito, por favor, por el amor de Dios.
Iancu se sentó. Grigori ya no podía
verlo, pero podía ver el humo de la pipa y escuchar su voz.
―Viorica, mi mujer. Ella sí que es
lista. Sí. Ella me lo dijo, ¿sabes? Hace meses. Y yo no la escuché, porque yo
soy un tonto, como tú has dicho.
Grigori había perdido de vista la
calavera. Durante minutos eternos, la buscó por el suelo del agujero, hasta que
sus miradas se cruzaron.
―Así que cuando Sanda... ―Tragó
saliva―. Cuando la encontramos... la tomó entre sus brazos y empezó a acunarla.
No me miró, no me ha vuelto a mirar desde ese día. “Es tu culpa”, me dijo.
“Todo es culpa tuya por no escucharme, maldito tonto”. Y tenía razón. “Yo te lo
dije y no me creíste. Y lo más grave es que tu hija está muerta y ni siquiera
ahora me quieres creer”. Y de nuevo tenía razón, seguía sin creerla, porque
ella es lista. Pero yo, amigo Grigori, yo soy un tonto.
Grigori no respondía. En lo más
profundo de las órbitas, un brillo azulado, una ira fría y vengativa como el
invierno, le susurraba palabras oscuras. Le susurraba su nombre.
―“Ahora es tarde para ella, pero tú
me vas a hacer caso por una vez en toda tu vida, Iancu, maldito tonto, por una
vez me escucharás. Porque tu hija está muerta y no podrá ser enterrada en suelo
consagrado. Nadie leerá palabras de consuelo ni se hará rito alguno para su
alma, porque quien se mata a sí mismo no tiene cabida en el Reino de los
Cielos. Eso es lo que dirá el cura, maldito tonto”. Todo eso me dijo, y todavía
tengo grabado a fuego aquello aquí, en mi cabeza.
El humo de la pipa se movía, como si
Iancu hubiera usado ésta para señalarse la sien. Pero Grigori estaba perdido en
el interior oscuro de aquellas órbitas vacías de misericordia.
―“Vas a matar a ese perro tuyo.
Ninguna culpa tiene el pobre, pero aun así lo vas a matar y vas a envolverlo en
el sudario de nuestra hija. Irás al bosque por la noche, en tu trineo, cavarás
un hoyo y lanzarás allí el cuerpo. Si te pregunta, y sabes que te preguntará, tú
le dirás que se ha muerto de pena. Pero no te creerá, porque no sabes mentir”.
Aquellas palabras tardaron varios
segundos en atravesar la atmósfera helada del fondo de la tumba. Grigori
sacudió la cabeza, contempló la calavera con ojos despejados y de improviso la
reconoció.
―No sé mentir, amigo Grigori. Tú lo
has dicho. “Un día, la semana que viene o el mes que viene, volveréis al bosque
a talar árboles y él te dirá de ir a un lugar mejor. Tú no le habrás dicho a
nadie qué hiciste con nuestra Sanda, pero él sabrá exactamente dónde está el
claro donde enterraste al perro, y creerá que es la tumba de nuestra hija”. Eso
me dijo, amigo Grigori. Y justamente así ha pasado.
―Iancu... Iancu. Por favor...
Un reguero de nieve se desprendió
del borde cuando Iancu se levantó.
― “Él insistirá en ir allí, y cuando
estéis cerca, te dirá que estoy más delgada y pálida, y tú también. Te
preguntará si hiciste lo que tenías que hacer. Si cumpliste con el rito. Pero
sabrá que no lo has hecho, porque sois como hermanos y sabe leer en ti como en
un libro abierto”. Es ella la fuerte, es ella la que cumplió con los ritos,
amigo Grigori.
―No sé qué te ha contado esa bruja,
Iancu. No sé qué está pasando, sácame de aquí y hablemos como amigos, como
hermanos.
La tierra volvió a caer en el
agujero, cubriendo la calavera del perro.
―“Tendrá miedo. Tendrá miedo de que
no te atrevas a mancillar su cuerpo y que ella venga como un espíritu y nos
confiese todo lo que él le hizo. Así que te llevará al bosque a buscar su
cuerpo. Se ofrecerá él a cumplir con los ritos. Entonces sabrás que tengo
razón, que siempre la he tenido. Que ese amigo tuyo no mira a nuestra hija como
un tío mira a su sobrina, sino como un lobo que mira a una liebre. Que le ha
hecho cosas que un hombre no debe hacerle a una niña. Sabrás que tu hija está
muerta por culpa de tu amigo y por tu culpa, maldito tonto, por no escucharme”.
Los llantos lastimeros de Grigori
apenas se entendían, entre el sonido de la tierra al caer, el llanto que
sacudía su cuerpo y las maldiciones que lanzaba. El ritmo volvió a detenerse.
Desde su lugar, a medio enterrar, Grigori no podía ver a Iancu, pero podía
atisbar la nieve que se desprendía del borde allí donde estaba parado.
―Cuando termine, cuando tu cuerpo
esté enterrado en el bosque entre las bestias, sin palabras ni ritos, volverás.
Volverás a atormentar a tu familia para siempre, a beberte la vida y la sangre
de tu mujer, y de tus hijos, y de los hijos de tus hijos. Y nadie encontrará tu
cuerpo ni hará los ritos por ti.
―Iancu... por lo que más quieras...
―Pero yo, amigo Grigori, yo tengo un castigo peor
que el tuyo. Porque yo he de vivir con la culpa de haber confiado siempre en
ti.
Iancu terminó de tapar el agujero,
tomó su trineo y se adentró en la ventisca de vuelta al pueblo.
Comentarios
Publicar un comentario