La nevada comenzaba a arreciar, y el avance de los hombres se hacía cada vez más penoso. El viento les golpeaba el rostro cubierto, la nieve se derretía en el interior de sus abrigos y el trineo que arrastraban se atascaba cada pocos metros. Uno de ellos se detuvo, se sacudió la nieve de los guantes y se dirigió al trineo. ―Avancemos un poco más, amigo Iancu ―dijo el otro. ―Estamos ya muy lejos, amigo Grigori. Muy lejos ya. Y estos árboles son buenos. Con una mano señaló los troncos, columnas negras que emergían de la nieve frente a ellos. ―Son buenos, amigo Iancu, pero no tan buenos como los de más allá, los de ese claro. Grigori dirigía su mirada a lo lejos, a un pequeño claro rodeado de árboles robustos. ―E...